¿Qué dice de nosotros cuando elegimos tener un perro?

Susana Poulsen

Con Chiche y Mush en el campo

Siempre estuve vinculada a los animales no humanos; muchos de ellos fueron mis compañeros de juego durante la infancia y la adolescencia en el campo. Debido al lugar favorecido que, en general, ocupan los perros (y gatos) en comparación con los animales de granja, fue con ellos con quienes tuve el vínculo más estrecho, sobre todo con Chiche y Jack, los perros que vivían allí en esa época.

Recuerdo cuando jugábamos en un pequeño rincón de un lote de trigo aún verde: yo me tiraba sobre las plantas altas para que Chiche y Jack me buscaran. Lo hacía con el permiso de mi padre, un gesto generoso de su parte al dejarnos jugar allí, considerando que ese trigo y otros cereales eran el sustento de la familia. Mi madre siempre recuerda escuchar las risas y ver desde lejos cómo ellos saltaban entre el trigo para intentar encontrarme. Fueron gratos momentos.

Eso me lleva a pensar en el vínculo que teníamos: nos buscábamos para jugar, nos entendíamos y nos divertíamos juntos. Y me lleva también a reflexionar sobre cómo los perros sienten, comprenden, se expresan y responden a lo que hacemos.

 

Algunas características del perro

Desde hace tiempo se ha señalado que los perros pueden sentir, comunicarse y comprender mucho más de lo que a veces se asume. Algunas investigaciones indican que sus capacidades cognitivas se asemejan, en ciertos ámbitos, a las de un niño de entre 2 y 2,5 años. También se menciona que pueden reconocer un rango amplio de palabras y realizar conteos simples y ser capaces, durante el juego, de intentar engañar deliberadamente a otros perros y personas para obtener recompensas. Además se señala que pueden recordar información y utilizarla para predecir eventos futuros.

Los estudios indican que, si bien el uso de múltiples señales sociales humanas —incluyendo la mirada, el señalamiento o la orientación— es una habilidad presente en varias especies, en los perros domésticos se manifiesta con una excelente destreza. Análisis comparativos demuestran que los perros son mejores que los chimpancés y otros primates en tareas que dependen de estas claves sociales, ya que les tomó considerablemente menos entrenamiento adquirir estas asociaciones. Esta sensibilidad les permite monitorear el comportamiento y la atención del cuidador, ajustando su propia conducta y utilizando las señales sociales como fuentes de información.

La evidencia también sugiere que desarrollan un fuerte apego hacia sus cuidadores, algo que suele describirse como comparable al apego infantil.

Todos estos rasgos ayudan a explicar en parte por qué el vínculo con los humanos puede llegar a ser tan estrecho y significativo.

 

Dependencia y formas de relación

Se ha planteado que la relación entre humanos y perros es una de las más exigentes desde el punto de vista moral. Al ser la especie domesticada más antigua, su historia conjunta con la nuestra los ha vuelto muy dependientes de quienes los cuidan.

Algunos autores describen esta relación como un equilibrio tenso entre ser “mimados” y, al mismo tiempo, “esclavizados”, usando este último término en sentido filosófico para señalar que, legalmente, los perros suelen estar definidos como propiedad y vivir bajo decisiones humanas que regulan casi todos los aspectos de su vida.

La vida de un perro depende casi por completo de las decisiones humanas: qué come, dónde vive, si recibe cuidados médicos, si se reproduce, si puede moverse con libertad o no. Incluso cuando parecen “gustosos” de cooperar con nuestros pedidos o tareas, los estudios indican que esa inclinación está moldeada por generaciones y por el aprendizaje que hacen en la convivencia. Y esta dependencia vuelve especialmente relevante cualquier discusión sobre responsabilidad y cuidado.

 

Qué puede llevar a una persona a tener un perro

Pensar en por qué una persona decide incorporar un perro a su vida suele abrir un abanico bastante amplio de razones. Las investigaciones indican que no se trata solo de una simple decisión, sino de un proceso con muchas capas: deseos personales, percepciones sobre el animal, experiencias previas y hasta factores sociales que influyen en esta decisión.

Los estudios que analizan por qué algunas personas compran perros en lugar de adoptarlos muestran un patrón bastante consistente: quienes optan por la compra suelen buscar control, previsibilidad y características muy específicas. Según encuestas la motivación más común es el deseo de acceder a una raza particular, algo mencionado por poco más de la mitad de los compradores, seguido por la preferencia de tener un cachorro muy joven, lo cual podría estar asociado a que se puede moldear su conducta desde el inicio. También aparece con frecuencia la idea de que comprar ofrece una mayor garantía de salud, un modo de “minimizar riesgos”. En menor medida, algunas personas valoran saber con precisión el linaje del perro, y existe un porcentaje reducido que lo hace por estatus, buscando un animal que funcione como signo de distinción.

En cambio, quienes adoptan suelen estar impulsados por otros motivos. La razón dominante, presente en la gran mayoría de los casos, es dar un hogar a un animal que lo necesita. A esto se suma el rechazo a la cría comercial y la convicción de que adoptar es una forma de aliviar la sobrecarga de refugios. Muchas personas sienten que la adopción forma parte de una responsabilidad colectiva hacia los animales. De todas maneras, estas encuestas señalan que una parte considerable —casi un 40%— de quienes terminan comprando primero exploró la opción de adoptar. Muchos se han topado con requisitos que les resultaron demasiado estrictos o difíciles de cumplir. Esto abre una discusión necesaria sobre cómo se comunican los refugios con quienes llegan con la intención de adoptar, y sobre la necesidad de revisar ciertos criterios o formas de contacto para no desalentar a potenciales adoptantes.

Cuando se analiza no ya la decisión de comprar o adoptar, sino por qué se elige un perro en particular, aparecen otros factores. Algunos estudios señalan que la apariencia física pesa mucho —por ejemplo, cuando se valoran rasgos asociados a expresiones humanas— incluso más que la salud en algunos casos, algo visible en la popularidad de razas con problemas respiratorios o anatómicos conocidos. A esto se suman las expectativas sobre el temperamento: muchos buscan un animal afectuoso, predecible y compatible con la vida familiar. También influyen las modas, las tendencias que se instalan a partir de películas, redes sociales o publicidad, así como ciertos deseos de identidad o proyección: hay quien elige un perro porque siente que expresa algo sobre quién es. También mencionan incluso que la gente tiende a escoger animales que se les parecen, ya sea en rasgos físicos o en estilo de personalidad.

Además de estas razones, entran en juego factores más cotidianos: haber convivido con animales durante la infancia aumenta mucho la probabilidad de querer uno en la adultez, y los hogares con varios integrantes —sobre todo con niños— suelen tener más perros. Por último, un aspecto que se observa con frecuencia es la decisión impulsiva. No todas pasan por una reflexión prolongada; a veces la elección ocurre por oportunidad, emoción o inercia, destacándose que alrededor de una quinta parte de las personas que planean tener un perro no realiza ningún tipo de investigación previa.

 

La paradoja: perros queridos y, a la vez, abandonados

Resulta llamativo que, a pesar de la cercanía afectiva que caracteriza a la relación humano-perro, en muchos países occidentales, las investigaciones muestren que gran cantidad de ellos son abandonados, maltratados o sometidos a una eutanasia innecesaria.

En los estudios se describe el abandono de perros como un fenómeno que se repite cada año en prácticamente todos los países. No suele haber una única causa, sino una combinación de circunstancias externas y expectativas que no siempre coinciden con la realidad de convivir con un animal.

Estos análisis muestran que, para muchas personas, la decisión de entregar a su perro está atravesada por factores situacionales difíciles de manejar. Un ejemplo frecuente es la búsqueda de vivienda: mencionan que las restricciones en alquileres es una de las causas bastante frecuente de abandono.

Pero también se ha planteado que parte del problema aparece antes, en los primeros meses de la convivencia. Estos estudios señalan que una proporción importante de abandonos ocurre cuando las expectativas iniciales no se cumplen, se subestima el tiempo, la energía o los costos que implica tener un perro y por esa razón muchos de ellos terminan en la calle o en los refugios. Otras veces, el animal elegido por moda o impulso no encaja con el estilo de vida del hogar una vez que crece y deja de ser ese cachorro “ideal” imaginado.

La compra o adopción impulsiva no siempre deriva directamente en un abandono, pero estas investigaciones sugieren que puede aumentar el riesgo. Cuando casi no hubo planificación ni búsqueda de información, es más probable que aparezcan desajustes entre lo que la persona esperaba y lo que el perro realmente necesita.

Los estudios respaldan en que una parte de estas situaciones podría evitarse con estrategias preventivas: educación accesible, campañas que ayuden a dimensionar lo que implica convivir con un perro y, en general, una comunicación más clara sobre la responsabilidad que supone incorporarlo a la vida cotidiana.

 

Cómo se justifica el abandono o la devolución al refugio

Distintos trabajos en psicología sugieren que, para evitar la tensión o malestar interno producido por el abandono de un perro, las personas pueden recurrir a diferentes mecanismos.

Las investigaciones indican que uno de los caminos más frecuentes es la negación o la minimización del dolor del perro. Para evitar la incomodidad emocional —o la disonancia cognitiva que aparece cuando nuestras acciones contradicen lo que creemos de nosotros mismos— muchas personas ajustan la manera en que interpretan la situación. Se ha planteado, por ejemplo, que algunos reducen deliberadamente su empatía para no involucrarse afectivamente, o reinterpretan la escena convenciéndose de que el animal “no siente tanto”, “no entiende” o “no sufre como un humano”. Esta flexibilidad en la atribución de dolor y emociones suele aparecer cuando reconocer la capacidad de sufrir del perro implicaría asumir responsabilidad o culpa.

Estos estudios sugieren que, en ciertos casos, la justificación se organiza alrededor de una mirada más instrumental del vínculo y muestran que esto ocurre con más frecuencia en personas que tienden a ver a los animales como medios para la satisfacción personal, y no como seres con intereses propios. Desde esta perspectiva, el perro se incorpora al hogar para cumplir una función: acompañar, vigilar la propiedad, decorar, brindar estatus, ocupar un lugar emocional específico. Cuando ese rol no se cumple el animal pierde valor dentro de esa lógica. Allí, justificar el abandono resulta más sencillo porque el animal ya estaba ubicado, desde el inicio, en un lugar más utilitario que relacional.

En otros casos, el foco no está tanto en la función asignada sino cuando la convivencia no resulta como se esperaba. Allí, la responsabilidad suele desplazarse hacia el animal: a menudo se habla de un perro con “problemas de comportamiento”, en lugar de reconocer posibles fallas en la preparación o en la decisión inicial.

En conjunto, esta literatura muestra cómo distintos mecanismos cognitivos y emocionales permiten sostener la idea de que uno actuó “lo mejor posible”, aun cuando las decisiones tomadas contradigan ese relato.

 

Una reflexión final

No se trata de exigir que a todo el mundo le gusten los perros ni que deban tener uno. Sin embargo, cuando la convivencia ya existe, la literatura especializada coincide en que surge un deber básico de respeto. Esto es especialmente relevante si consideramos —como se ha mencionado— que dependen de sus cuidadores en casi todos los aspectos de su vida y que su bienestar está profundamente atravesado por nuestras decisiones cotidianas.

Estas investigaciones han planteado que sus capacidades sociocognitivas necesitan espacio para desarrollarse. Cuando tienen esas oportunidades, los perros pueden afrontar mejor los desafíos del entorno y construir una vida más plena, permitiendo que su forma particular de autonomía se manifieste. También señalan un aspecto crucial, la facilidad con la que surge la confianza. Esa confianza que depositan en nosotros —producto de miles de años de domesticación y de la experiencia cotidiana— vuelve a los perros particularmente vulnerables. Y es justamente esta vulnerabilidad la que nos invita a responder con responsabilidad y cuidado.

Dentro de este enfoque académico se plantea una reflexión: si un perro nos ofrece su confianza casi sin pedir nada a cambio, el desafío es estar a la altura, cuidándolo de modo que nunca tenga razones para sentir que esa confianza, tan expuesta como sincera, fue traicionada.

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