Un problema más allá del clima
Hace décadas que informes científicos advierten sobre el calentamiento global, la subida del nivel del mar y el aumento de eventos climáticos extremos. Miles de artículos revisados por pares y mediciones satelitales coinciden, con un consenso científico superior al 99% en que el planeta se está calentando y en que la actividad humana es la principal causa.
Sin embargo, se observa que una parte significativa de la sociedad sigue dudando, minimizando o incluso negando el problema. Algunas encuestas indican que solo un tercio de los estadounidenses cree que los científicos del clima “comprenden muy bien” si el cambio climático está ocurriendo, lo que sugiere que la dificultad no pasa únicamente por la evidencia en sí, sino por confiar —o no— en ella.
Campañas de desinformación
Se ha planteado que el negacionismo climático no surgió de manera espontánea, sino que estuvo impulsado también por grandes empresas petroleras. Investigaciones recientes sugieren que estas compañías conocían desde hace décadas el impacto climático de sus actividades y, aun así, financiaron campañas destinadas a sembrar confusión pública. Los mensajes de esas campañas habrían buscado generar incertidumbre suficiente como para postergar decisiones regulativas.
Política, redes sociales y el atractivo del mensaje simple
En los últimos años se ha observado que diversas figuras políticas populistas contrarias a las regulaciones ambientales sostienen y alimentan esta incertidumbre a través de sus discursos. Suelen prometer “libertad” frente a las regulaciones y presentar las advertencias científicas como exageraciones o conspiraciones destinadas a controlar a las personas.
El auge de las redes sociales les permite llegar de manera directa a grandes audiencias y apelar a emociones con mensajes simples y fáciles de repetir mucho más accesibles que las explicaciones científicas sobre gases o proyecciones que ofrece el enfoque científico. Condensan un problema complejo en frases breves y compartibles.
Se plantea que a diferencia del discurso negacionista —que ofrece convicción, claridad emocional y soluciones aparentes— la comunicación científica suele expresarse con cautela: rangos de error, escenarios probables, lenguaje técnico. Aunque esa prudencia es necesaria, a veces puede interpretarse como indecisión. Y, en contextos atravesados por crisis, desigualdad, resentimiento o frustración, las explicaciones científicas pueden percibirse como distantes o incluso elitistas.
Estrategias narrativas negacionistas
Por eso, se advierte que enfrentar el negacionismo no implica únicamente corregir errores con datos, sino también observar qué estrategias narrativas se emplean para sostener la negación y, en ese sentido, comprender las emociones, valores y miedos hacia los que esas narrativas se dirigen.
Algunas de estas estrategias consiste en convertir el cambio climático en una amenaza identitaria. En Estados Unidos, por ejemplo, estudios sociológicos indican que parte del electorado masculino blanco percibe ciertos cambios sociales como una amenaza a su identidad y posición cultural. La negación climática puede funcionar allí como un refugio simbólico: una forma de reafirmar una visión del mundo en la que “los suyos” todavía conservan control.
Cuando algunos líderes afirman que la ciencia climática es solo una excusa para imponer un control global, tocan una fibra muy sensible en quienes ya sienten que su identidad cultural o social está en riesgo. Diversas encuestas muestran que la aceptación o rechazo del cambio climático se vincula más con identidades políticas y culturales que con el conocimiento científico. Para algunos grupos, aceptar la ciencia climática puede vivirse como un distanciamiento de su comunidad, no simplemente como la aceptación de un dato.
Otra estrategia habitual consiste en fabricar un enemigo externo. Al instalar la idea de una élite “ecologista” hostil, estos discursos refuerzan el miedo a perder poder o pertenencia, volviendo más atractiva la negación. Estudios sobre la desinformación muestran cómo distintas teorías conspirativas relacionan a científicos con un supuesto poder fraudulento. En algunos documentos se analiza, por ejemplo, la creencia de que ciertas élites utilizarían la crisis climática para imponer un “confinamiento climático”.
El papel de la autoprotección emocional en la negación climática
Según estudios, estas narrativas funcionan porque cuando un mensaje despierta miedo, indignación o pertenencia, lo emocional tiende a imponerse sobre lo racional. Es más fácil aceptar una afirmación que refuerza la identidad del grupo, al que uno siente pertenecer, que una información que la contradice. Incluso aceptar noticias falsas puede reforzar esa pertenencia del “nosotros contra ellos”.
La investigación en psicología climática también describe formas de negación más defensivas y ligadas a la autoprotección: reacciones que surgen cuando la información se percibe como una amenaza al propio estilo de vida o a la autoimagen. En esos casos, negar, minimizar o reinterpretar lo que se escucha —por ejemplo, sosteniendo que el cambio climático “no será tan grave”— puede funcionar como una forma de aliviar incomodidad o disonancia más que como una conclusión deliberada.
A esto se suma un negacionismo por agotamiento. La exposición constante a crisis económicas, sanitarias o ambientales genera una saturación que paraliza. De hecho, un estudio reciente encontró que la ansiedad climática se relaciona con lo que llaman “eco-parálisis”: personas preocupadas por el cambio climático que, aun así, sienten no tener la energía o las herramientas para actuar. Ese cansancio vuelve más permeables las narrativas que prometen alivio.
Las redes sociales amplifican todos estos mecanismos, favoreciendo contenido emocional, polarizante y simplificado, incluso si es falso. Así, muchos usuarios quedan atrapados en un circuito donde la desinformación se repite hasta parecer verdad, en un ecosistema que premia la inmediatez, la polarización y la sospecha.
Mientras la ciencia avanza para ofrecer soluciones, una parte de la sociedad continúa buscando certezas simples que alivien la incertidumbre. Y quizás el mayor desafío del cambio climático sea justamente ese: poner a prueba la capacidad colectiva de escuchar, confiar y actuar.

