“Una casa llena de dinamita”: un reflejo que inquieta

Susana Poulsen

Al principio, el título en el catálogo de Netflix no me había llamado la atención pero cuando supe que la directora de Una casa llena de dinamita (A House of Dynamite), Kathryn Bigelow, era la misma que dirigió En Tierra Hostil, mi interés cambió.

El film se desarrolla como un thriller político y de emergencia nacional, donde cada decisión puede significar la diferencia entre evitar una catástrofe nuclear o provocar una escalada irreversible. Toca cuestiones de política, ética, seguridad y toma de decisiones bajo riesgo existencial.

La película comienza cuando un misil de origen desconocido es detectado en dirección a Estados Unidos, desencadenando una crisis inmediata en los niveles más altos del gobierno. A partir de ese momento, la película sigue a un grupo de funcionarios, militares y analistas que deben reaccionar en cuestión de minutos ante la posibilidad real de un ataque nuclear.

 

Texto con spoilers

El “61% de probabilidad de éxito”

Jared Harris encarna al secretario de Defensa, un funcionario que, entre la presión y la responsabilidad del cargo, toma conocimiento de que el sistema antimisiles de su país tiene apenas un 61% de posibilidades de detener un misil enemigo, a pesar de las enormes sumas invertidas en su desarrollo. Algunos espectadores señalan que la apuesta por esa incertidumbre es realista y que retrata de manera cruda lo inestable que siempre fue el equilibrio nuclear. El propio guionista, Noah Oppenheim según algunos medios, defendió la solidez del planteo, indicando que la información utilizada —incluida la cifra del 61% de efectividad en ensayos controlados— se basa en datos aportados por fuentes militares. También comentó que varios de los especialistas con los que hablaron consideraban que ese porcentaje, podía resultar “incluso demasiado generoso”.

Sin embargo, la película recibió críticas contundentes desde el propio ámbito militar. Según documentos internos citados por El País, la Agencia Antimisiles de Defensa (MDA) calificó esta representación como “inexacta”, afirmando que los sistemas estadounidenses han mostrado “una tasa de precisión del 100% en las pruebas durante más de una década”.

Más allá de si la película exagera o describe un riesgo real, ese planteo funciona también como puente hacia lo que ocurre en la trama cuando el sistema antimisiles no logra interceptar el ataque.

 

Lo que hay detrás de una decisión

La película une de manera directa la toma de decisiones con la incertidumbre sobre quién lanzó el misil. Plantea que actuar sin pruebas puede desencadenar una escalada irreversible, pero no actuar también puede significar un riesgo enorme (quedar débil ante el mundo y ser blanco más fácilmente de otros ataques). Esa ambigüedad es deliberada: la trama no busca resolverla sino exponer la fragilidad del razonamiento en los momentos donde la información es incompleta.

Tal como señala un análisis del Carnegie Council for Ethics in International Affairs, la película retrata a un presidente que procura equilibrar cada decisión y que se apoya en una diversidad de opiniones para evitar respuestas impulsivas. Pero esa actitud deja planteada una inquietud más amplia: qué podría ocurrir si un líder con poder nuclear no mostrara esa misma apertura al disenso o se limitara a escuchar únicamente a quienes confirman sus propias convicciones.

 

¿Sirve un sistema de disuasión?

Para algunos analistas, la película expone una falla estructural en la lógica que sostiene la doctrina de disuasión.

La disuasión nuclear funciona como un pacto basado en la racionalidad: cada potencia confía en que la otra evitará cualquier paso que lleve a la destrucción mutua. Pero ese esquema descansa en decisiones humanas —con sus límites, sesgos y posibles errores—, lo que vuelve frágil cualquier promesa de control absoluto.

A esto se suma la paradoja estratégica de la inversión: ya solo Estados Unidos podría destinar más de dos billones de dólares en las próximas décadas a modernizar su arsenal y sus sistemas defensivos, y aun así no está claro qué podría disuadir realmente a Rusia, China, Corea del Norte o Irán para que consideren usar un arma nuclear contra Estados Unidos o sus aliados.

Pese a esto, la “amenaza percibida” sigue siendo uno de los pilares que sostienen la vigencia de la disuasión. Europa y Japón continúan viendo necesario apoyarse en el paraguas nuclear estadounidense para hacer frente a un entorno internacional que perciben cada vez más incierto.

Retomo aquí una frase de uno de los artículos citados: “Al construir más armas y subinvertir en la verdadera seguridad que conlleva la reducción del riesgo nuclear y la estabilidad, garantizamos que la próxima generación también se vea obligada a vivir en Una casa llena de dinamita”. Estoy de acuerdo con ese diagnóstico, pero también surge una pregunta inevitable: ¿cómo se gestiona la amenaza que ya existe? La respuesta, incómoda pero realista, parece depender de la prudencia, apertura y capacidad de juicio de quienes tienen el control de ese poder.

 

Recomendaciones:

  • Punto de inflexión: La Bomba y la Guerra Fría (2024) – Documental de 9 episodios. (Netflix)

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